Días después.
En el hospital.
David Leeman caminaba de un lado a otro en la sala de espera, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
Su rostro reflejaba la desesperación de un hombre que había perdido el control.
No dejaba de murmurar maldiciones contra Paz, con los puños crispados de rabia contenida.
Cuando por fin Linda pudo ver a su hija, sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos. Deborah seguía dormida, con el rostro pálido, la respiración pausada. Su cuerpo, tan frágil sobre la