Antes de que Paz pudiera cerrar la puerta, Terrance la detuvo y se adentró, mirándola con una intensidad tan profunda que parecía irradiar deseo.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, apenas capaz de articular palabra.
—Déjame convencerte de ser mi esposa otra vez, de ser mía —dijo, con la voz cargada de ansias contenidas.
Paz titubeó, sintiendo en su interior una claridad que jamás había experimentado antes, como si pudiera ver todo en él, como si su alma fuera tan pura y cristalina como un río de agua l