La villa en la costa algarveña era un sueño hecho realidad.
Piedra blanca, techos de teja, un patio interior con una fuente y unas vistas panorámicas al océano Atlántico que quitaron el aliento a Emily.
Lo más importante: estaba en una finca privada, con seguridad discreta pero efectiva, y una playa semiprivada accesible solo por un sendero escarpado.
Los primeros días fueron un despliegue de sensaciones nuevas.
El olor a sal y a pinos. El sonido del mar, constante y poderoso.
El calor del