Tiziano
Los herejes no marcábamos a nuestras esposas, no al menos que fuera estrictamente necesario, o que se tratara de un alfa demasiado posesivo. Y bajo ningún concepto una mujer marcaría a un hereje.
Este caso era extremo. Yo no podía darme el lujo de perder a la gran heredera. Si de algo había servido ese estúpido rito, era para comprobar que, en efecto, ella servía para algo. Más que eso: era la única opción para tener lo que merezco.
—Su sangre es valiosa, eso lo reconozco —decía Ciro, m