Los primeros cinco juegos habían sido diseñados para probar algo que la Luna valoraba tanto como la fuerza: la capacidad de un clan para vincularse, tramar, confiar y liderar en conjunto. No bastaba con el poderío individual; había que convencer a otra manada de que la alianza iba en beneficio de ambos.
La noticia corrió como un rayo: «Las manadas deberán formar alianzas». Algunos grupos comenzaron a negociar en voz baja, otros enviaron emisarios. Lucía, sin embargo, notó algo extraño: nadie pa