El eco del gong volvió a resonar, esta vez más grave, anunciando el comienzo oficial de la primera prueba.
Lucía avanzó entre el gentío con el rostro impasible, pero por dentro todo en ella ardía.
Cada vez que inhalaba, el olor a fuego —a él— seguía pegado a su piel, persistente, insolente.
Dylan la alcanzó justo antes de que cruzara el corredor principal.
—¿Y esa cara de “maté a alguien y me encantó”? —susurró con tono burlón.
Lucía lo fulminó con una mirada.
—No empieces, Dylan.
—Lo sabía —di