Dos semanas después del parto, Lucía seguía en la clínica de maternidad con Ezra. El pequeño apenas había abierto completamente los ojos, y cuando lo hacía, su mirada era extrañamente distante, como si estuviera mirando a través de este mundo hacia otro.
Jacob había pasado la mayor parte de esas dos semanas sentado junto a su cama, observando cómo Lucía intentaba nuevamente, cada pocas horas, establecer un vínculo mental más fuerte con su hijo. Cada vez, encontraba la misma barrera i