Dos semanas después del parto, Lucía seguía en la clínica de maternidad con Ezra. El pequeño apenas había abierto completamente los ojos, y cuando lo hacía, su mirada era extrañamente distante, como si estuviera mirando a través de este mundo hacia otro.
Jacob había pasado la mayor parte de esas dos semanas sentado junto a su cama, observando cómo Lucía intentaba nuevamente, cada pocas horas, establecer un vínculo mental más fuerte con su hijo. Cada vez, encontraba la misma barrera invisible.
—Marta dice que es normal —comentó Jacob una tarde, aunque ambos sabían que no era verdad—. Algunos bebés tardan más en establecer conexiones.
Lucía no respondió. Simplemente acariciaba el cabello oscuro de Ezra mientras dormía contra su pecho, sintiéndose como una madre fracasada. Había sacrificado su poder, había gastado la energía de la Loba Lunar Original, y aun así su hijo parecía estar medio dormido en este mundo, como si existiera en una dimensión ligeramente diferente a