El amanecer los encontró en silencio.
Lucía observaba cómo los rayos de la luna menguante se desvanecían sobre las montañas del Norte mientras su padre, el alfa Karl, revisaba los vehículos que los llevarían a la capital. Dylan, su beta y protector, cargaba los últimos documentos del Consejo en el maletero del auto principal.
El viaje no era largo, pero sí pesado; no por la distancia, sino por el peso de lo que significaba.
La luna se ocultaba, y el destino de la Manada del Norte se encontraba