DAFNE
Mis ojos se abrieron a un mundo que no era el mío.
El aire estaba frío —pesado, como las cenizas después de un incendio—. Podía oler la sangre, el hierro y la magia. El trono bajo mí latía como algo vivo, tallado con los huesos de lobos que hacía mucho habían olvidado sus nombres. Y frente a mí, de rodillas, estaba Jordán.
Sus ojos —dioses, esos ojos— ardían con dolor e incredulidad. Me llamaba por mi nombre, pero sonaba lejano, como si estuviera bajo el agua.
—Dafne —susurró—. Soy y