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JORDÁN

Las paredes de mi casa de manada temblaban.

No por el viento, ni por una tormenta — sino por mí.

Cada respiración se sentía como fuego raspando mis pulmones. Cada latido golpeaba contra mi cráneo como un martillo de guerra. Podía sentirlo otra vez — Draco — merodeando bajo mi piel, susurrando en mi cabeza con esa voz que no era del todo humana, ni del todo demoníaca.

—Se ha ido, Alfa.

La voz de Teo atravesó la neblina. Mi beta estaba de pie en la puerta, el rostro pálido, las manos
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