JORDÁN
La tormenta no se había detenido desde la noche en que la encontré.
Rugía por toda la tierra como si los dioses estuvieran en guerra, desgarrando la manada de la Luna Roja, mis huesos, mi alma.
Y en medio de todo eso, ella yacía — Dafne — temblando, ardiendo, deslizándose una vez más hacia el abismo.
Su cuerpo estaba inerte contra el mío, empapado por la lluvia, su piel brillando tenuemente con ese extraño tono plateado que me aterraba y me fascinaba al mismo tiempo.
—Dafne —susur