DAFNE
La oscuridad tembló.
Ya no era silencio — estaba viva. Las sombras palpitaban a mi alrededor como el latido de una bestia moribunda, y en lo más profundo, Atenea rugió:
“¡Basta!”
Un resplandor cegador de luz plateada estalló en mi pecho, partiendo la oscuridad como un trueno que desgarra la noche. Mi cuerpo se arqueó hacia atrás mientras el dolor y el poder colisionaban en una danza violenta, cada nervio ardiendo con una energía más antigua que la propia luna.
Mis ojos se abrieron de g