Isabela estaba arreglando su habitación con más esmero del habitual. Sacudía los cojines y ordenaba los libros porque Noah iría a su casa.
Habían quedado en hacer el proyecto final juntos, y ella había aprovechado que su madre llegaba tarde del trabajo. Ese pequeño margen de libertad se sentía como un respiro.
—Espero que todo salga bien —sonrió.
Para su sorpresa, la puerta principal se abrió de golpe.
—¡Isabela! ¡Ven aquí ahora mismo!
Isabela apenas tuvo tiempo de correr escaleras abajo cuando vio a su madre de pie, con el ceño fruncido y los labios apretados como si contuviera un grito.
Había llegado horas antes.
—¿Qué significa esto? —espetó, alzando el teléfono con la pantalla encendida.
Isabela no alcanzó a ver bien la imagen, pero reconoció su blusa, su cabello, y el brazo de Noah rodeándola en un abrazo. Sintió que el estómago se le encogía.
—Mamá, no es lo que piensas… —empezó a decir, pero la voz le temblaba—. ¿No llegabas tarde hoy?
—¿¡No es lo que pienso!?