La señora Amanda corrió a su habitación con el corazón desbocado debido al miedo.
Abrió el clóset de golpe, sacando ropa al azar, metiéndola en una maleta sin doblar ni pensar. Sus manos temblaban. Sabía lo que podía pasar si Isabela no despertaba.
—No puedo quedarme —murmuró para sí misma—. No puedo ir presa por una malagradecida. Esta niña estúpida… ¿Cómo pudo desmayarse?
Buscó su pasaporte, algo de dinero y bajó las escaleras a toda velocidad. Mientras tanto, en la sala, el cuerpo de su