Nicole llegó a casa y tiró las llaves en una mesita. Los ojos los tenía hinchados porque había llorado demasiado. Al final, se despidió de Haru y le avisó a Emma que no regresaría al trabajo durante ese día, contándole lo que vio.
Noah estaba caminando por el pasillo comiendo un pedazo de pan y vio a su hermana. Se detuvo al instante.
—¿Qué te pasó? —preguntó, con la boca medio llena.
Nicole lo miró sin decir nada. Sus ojos hablaban por ella. Al ver a su hermano, las lágrimas volvieron a brotar.
Noah dejó el pan sobre la mesa y se acercó para sostenerla entre sus brazos, como cuando eran niños y ella se caía de la bicicleta.
Nicole se aferró a él, sin poder contener el llanto.
—¡Tenías toda la razón, Noah! —exclamó, entre sollozos—. Bruno me engañaba… Bruno es… él…
Noah lo entendió todo y sobó su espalda para calmarla. Le dolía ver a su hermana destruida por culpa de un hombre que juró no romperle el corazón. Tensó la mandíbula.
—Aquí estoy, hermana —susurró, sin soltarla—. No estoy