Capítulo 248: La Savia de la Verdad
La mancha dorada se extendía por el vientre de Astraea, empapando el lino blanco de su vestido con un calor que no era humano. No era sangre; era la esencia misma de la tierra, una savia luminosa que parecía responder al guerrero de plata. Astraea sentía que sus sentidos se agudizaban hasta el dolor: percibía el latido furioso de Valerius, el roce metálico de la armadura del invasor y el susurro de las hojas afuera, que ahora sonaban como plegarias.
Valerius