Capítulo 160: El Eco de la Eternidad
La luz que emanaba de la figura recién llegada no era blanca ni violeta; era una transparencia absoluta, una distorsión en el aire que hacía que las piedras del palacio de hace treinta años parecieran de humo. Astraea, con el aliento atrapado en la garganta, observó a la mujer que cruzaba el umbral. Llevaba la misma túnica plateada, ahora raída por el tiempo de milenios, y sus ojos poseían una profundidad que solo se adquiere tras ver imperios nacer y morir.