Capítulo 143: El Filo del Sacrificio
El mordisco de la bestia no fue un acto de crueldad, sino una comunión desesperada. Astraea sentía los colmillos de Valerius perforando su piel con una precisión que rozaba lo sagrado, extrayendo no solo su sangre cargada de sol, sino la esencia misma de su voluntad. La dilatación sensorial se volvió un torbellino embriagador; podía sentir el calor húmedo del aliento del lobo contra su garganta, la vibración de su gruñido rítmico resonando en su propio pecho