Capítulo 106: El Abismo de los Tres Rostros
El frío de las manos escamosas que se cerraron sobre los tobillos de Astraea no era un frío de hielo, sino de vacío absoluto. Antes de que pudiera procesar la imagen de Valerius —o lo que fuera ese ser de pelaje níveo y alas de luz— enfrentándose a su gemelo oscuro, la tierra se la tragó. El descenso fue una caída controlada a través de un túnel de raíces de obsidiana que se apartaban a su paso como costillas abriéndose para dejar pasar un parásito.
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