El resplandor amatista que había emanado de los pilares de la Ciudadela comenzó a desvanecerse, pero el silencio que dejó a su paso era mucho más pesado que cualquier estruendo. Los miembros del Consejo de Alphas permanecían petrificados, sus rostros reflejando una mezcla de terror religioso y humillación política. Mikhail, el general cuya mano todavía descansaba en el pomo de su espada, no se atrevía a levantar la vista. Astraea, por su parte, sentía el pulso de la montaña todavía vibrando en