La noche previa al rito de la Ofrenda de Sangre se cernía sobre la Ciudadela de Hierro como un manto de terciopelo pesado, asfixiante y cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Astraea se erizara a cada momento. En los pasillos, las antorchas chisporroteaban con una furia inusual, y el murmullo de los guardias parecía más bajo, más conspiranoico. Astraea se encontraba en el balcón de sus aposentos, dejando que el aire gélido de la montaña golpeara su rostro.