La quietud que siguió al descubrimiento en la biblioteca secreta no era de paz, sino de esa tensión eléctrica que precede a las tormentas más devastadoras. Astraea se encontraba de nuevo en sus aposentos, pero la habitación ya no se sentía como un refugio, sino como el puesto de mando de una soberana que acababa de descubrir que su árbol genealógico estaba plantado en un campo de minas. El libro de cuero negro descansaba sobre una mesa de caoba, sus páginas susurrando secretos de linajes prohib