El día dieciocho se instaló sobre la Ciudadela con una pesadez eléctrica. El aire mismo parecía cargado de una estática que hacía que el vello de los brazos de Astraea se erizara constantemente. Ella permanecía en la penumbra de su alcoba, observando cómo las motas de polvo bailaban en el único rayo de luz que se filtraba por una rendija del tapiz. Lo que para un ojo normal era un movimiento perezoso, para ella era una coreografía frenética; podía distinguir cada partícula, cada giro, cada colisión ínfima en el aire. Su cuerpo era un motor de alta precisión que rugía en silencio, contenido apenas por la delgada barrera de su piel.
Astraea se levantó de la cama con un movimiento que no guardaba relación con el esfuerzo humano. No hubo impulso, solo el cambio de un estado de reposo a uno de bipedestación. Se miró las manos. Seguían siendo las manos de la joven que había sido humillada en las catacumbas del Norte: pálidas, de dedos largos y uñas que, aunque más fuertes, no eran garras. S