El día dieciocho se instaló sobre la Ciudadela con una pesadez eléctrica. El aire mismo parecía cargado de una estática que hacía que el vello de los brazos de Astraea se erizara constantemente. Ella permanecía en la penumbra de su alcoba, observando cómo las motas de polvo bailaban en el único rayo de luz que se filtraba por una rendija del tapiz. Lo que para un ojo normal era un movimiento perezoso, para ella era una coreografía frenética; podía distinguir cada partícula, cada giro, cada coli