El día veinticuatro amaneció con una quietud sepulcral que parecía pesar sobre los hombros de los habitantes de la Ciudadela de Hierro. No había viento, ni rastro de las aves de rapiña que solían sobrevolar las murallas. Astraea se encontraba en sus aposentos, sentada frente a una mesa donde un desayuno completo —frutas, panes calientes y carne magra— se enfriaba sin ser tocado.
Sus sentidos, cada vez más aguzados, captaban el murmullo de los guardias tres pisos más abajo. Podía oír el roce del