Capitulo 60

El día veinticuatro amaneció con una quietud sepulcral que parecía pesar sobre los hombros de los habitantes de la Ciudadela de Hierro. No había viento, ni rastro de las aves de rapiña que solían sobrevolar las murallas. Astraea se encontraba en sus aposentos, sentada frente a una mesa donde un desayuno completo —frutas, panes calientes y carne magra— se enfriaba sin ser tocado.

Sus sentidos, cada vez más aguzados, captaban el murmullo de los guardias tres pisos más abajo. Podía oír el roce del cuero de sus botas y el tintineo de sus cotas de malla, pero lo que más la perturbaba era la percepción de las sombras. El rincón de su habitación, donde la luz del sol no lograba penetrar, parecía tener una profundidad distinta, casi líquida.

Astraea se levantó y caminó hacia el espejo de cuerpo entero. Sus ojos amatista estaban rodeados por una palidez que ya no era signo de debilidad, sino de una transformación que estaba reescribiendo su biología. Se tocó la espalda; los bultos estaban tan
Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP