El día treinta y dos se manifestó como un nudo de ansiedad en el estómago de Astraea. La Ciudadela de Hierro, sin la presencia imponente de Valerius, parecía haber perdido su centro de gravedad. Las voces en el viento que había comenzado a escuchar el día anterior se habían transformado en un coro persistente de advertencias que no lograba silenciar ni con el sueño más profundo. El aire en los pasillos olía a tormenta inminente y a metal oxidado, una combinación que sus sentidos de híbrida inte