Capitulo 56

El día treinta y dos se manifestó como un nudo de ansiedad en el estómago de Astraea. La Ciudadela de Hierro, sin la presencia imponente de Valerius, parecía haber perdido su centro de gravedad. Las voces en el viento que había comenzado a escuchar el día anterior se habían transformado en un coro persistente de advertencias que no lograba silenciar ni con el sueño más profundo. El aire en los pasillos olía a tormenta inminente y a metal oxidado, una combinación que sus sentidos de híbrida interpretaban como el preludio del desastre.

Astraea pasó la mayor parte de la mañana en el balcón del Ala Este, escaneando el horizonte. Sus ojos amatista, capaces de distinguir el movimiento de una hoja a kilómetros de distancia, buscaban desesperadamente el estandarte negro y dorado de los Lycans Reales. Mikhail se había mantenido a su lado, actuando como una barrera física contra las intrigas del Consejo de Lobos, que ese día parecía especialmente inquieto.

—El viento está cambiando, Mikhail —di
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