El sonido del cerrojo metálico resonando tras ella fue la nota final de una sinfonía de traiciones. Astraea, con la espada de Vaelen aún vibrando en su mano derecha, se vio atrapada en un escenario de pesadilla donde el tiempo parecía haberse vuelto líquido. Frente a ella, Mikhail —o la aberración escamosa en la que se había convertido— hundía sus garras en los hombros petrificados de Valerius, extrayendo hilos de esencia dorada que brillaban como oro fundido. A su espalda, el guerrero de la má