La luz del sol se filtraba por las cortinas de terciopelo rojo, pintando rayas doradas sobre la cama más grande del mundo.
No era una cama normal. Eran tres colchones king-size unidos, cubiertos de pieles y sábanas de seda negra.
Me desperté despacio.
Sentí un peso cálido y sólido pegado a mi espalda. Un brazo fuerte rodeaba mi cintura, y una respiración tranquila me hacía cosquillas en la nuca.
Mateo.
Me removí un poco, buscando acomodarme mejor en la cucharita.
—Mmm... quieta —murmuró Mateo,