Las nubes de tormenta que Luna había visto se acercaban rápido.
Pero abajo, en el patio de entrenamiento, había otra tormenta.
—¡Muere! —gritó Kael.
El niño de tres años (con cuerpo de diez) extendió su mano.
Una garra de sombra negra salió de sus dedos y envolvió el cuello del instructor de combate, un veterano de Sangre Negra llamado Gorn.
Gorn, que medía dos metros y pesaba ciento veinte kilos, fue levantado en el aire. Pataleaba. Se llevaba las manos a la garganta invisible que lo asfixiaba