El viaje de regreso no fue una huida. Fue una expansión.
Los caballos devoraban los kilómetros de bosque a un ritmo infernal, impulsados por la magia residual de nuestra fuga.
Miré por la ventanilla.
No estábamos solos.
En la linde del bosque, sombras grises y negras corrían paralelas a nuestro carruaje.
—Son Rogues —dijo Damián, que seguía colgado del estribo, con el viento azotándole la cara pero sonriendo como un loco—. Lobos solitarios. Han oído la llamada.
—¿Qué llamada? —pregunté, acomoda