El Paso de la Garganta estaba bloqueado por un muro de escudos dorados.
Rafael gruñó, transformando parcialmente sus manos en garras.
—Son la Guardia Real —dijo, tenso—. No negocian. Ejecutan.
El Capitán de la guardia, un hombre imponente con una cicatriz cruzando su nariz bajo el yelmo, avanzó hasta quedar a dos metros de la ventana del carruaje.
—¡Abrid la puerta! —ordenó. Su voz era metálica, entrenada para intimidar—. Tenemos órdenes de inspeccionar el cargamento y detener a la mujer conoci