El campamento era un hervidero de actividad silenciosa.
Nadie gritaba. Nadie daba órdenes a voces. El miedo a otra emboscada de los Rogues mantenía a todos alerta.
Víctor estaba en el centro del patio, supervisando la carga de los suministros.
—¡Cuidado con esa caja! —siseó a dos guerreros—. Son viales médicos. Si se rompen, la Reina sangrará sin remedio.
Me acerqué a él.
Víctor se giró. Estaba pálido, con ojeras profundas bajo sus gafas rotas. Llevaba un abrigo de viaje grueso y una libreta de