La punta de la daga de plata pinchó mi piel.
Sentí el escozor.
Una gota de sangre roja se deslizó por la curva de mi vientre embarazado, brillando como un rubí sobre la piel estirada.
El asesino sonrió bajo su máscara.
—Saluda al infierno, bruja.
Tensó el brazo para empujar. Para matarnos a los tres de un solo golpe.
Pero no contó con la Bestia.
Un rugido partió el aire de la tienda. No fue un sonido animal. Fue un sonido sísmico.
—¡NOOOOOOOOO!
Rafael saltó.
No saltó sobre el asesino. Saltó a t