Víctor caminó hacia mí.
Ya no caminaba como un contador. Caminaba como un hombre que ha decidido quemar el libro de reglas.
Llegó al escritorio.
Me agarró por la cintura y me arrastró hacia el borde, barriendo el resto de los mapas y pergaminos al suelo con un movimiento violento de su brazo.
Fiuuu. Plaf.
Siglos de historia del pack cayeron al piso sucio.
—Esto es ineficiente —murmuró Víctor, respirando agitadamente contra mi cuello—. Estamos perdiendo tiempo valioso de administración.
—Cállate