El Salón del Trono olía a cera vieja, madera pulida y miedo.
Yo olía a polvo y a zapatos de cuero caros.
Estaba agachada en la oscuridad, bajo la inmensa mesa de roble negro donde se sentaban los doce Ancianos del Consejo.
El mantel de terciopelo rojo llegaba hasta el suelo, creando una cueva perfecta. Un santuario secreto justo entre las piernas del hombre más poderoso de la sala.
Arriba, la voz de Damián retumbaba como un trueno.
—¡Acuso al Alfa Supremo Rafael de negligencia! —gritó Damián. E