Rafael apretó los barrotes con tanta fuerza que sus nudillos crujieron. El metal vibró bajo la tensión de su agarre.
—¿Por qué has vuelto? —preguntó. Su voz era áspera, intentando recuperar una autoridad que ya no tenía—. Podrías haber huido. Podrías haber vivido tranquila lejos de aquí.
Me acerqué un paso más. Mis botas resonaron en el suelo de piedra.
—¿Tranquila? —repetí, inclinando la cabeza—. ¿Mientras tu hijo me humillaba en cada rincón del territorio? ¿Mientras tú firmabas la orden de mi