La mañana siguiente trajo consigo una lluvia fría y gris. Perfecta para una ejecución. O para una obra de teatro.
Estaba de pie en medio del claro, con las manos en la espalda.
Mateo sostenía unas esposas de plata reforzada. Le temblaban un poco los dedos.
—¿Estás segura de esto? —preguntó en voz baja—. Si te encierro en las celdas subterráneas... estarás a merced de mi padre. Y de Damián.
Me giré para mirarlo. La lluvia me pegaba la ropa al cuerpo, marcando cada curva.
—Ese es el punto, cariño