Corrí hasta llegar a la linde del bosque. Me oculté tras un roble anciano, respirando el aire frío de la noche para limpiar mis pulmones del olor a encierro y testosterona.
Me detuve.
No necesitaba ver para saber lo que pasaba. El vínculo que había forzado en la mente de Rafael era fresco, pulsante y transmitía cada sensación con una claridad dolorosa.
Cerré los ojos.
Estoy en el despacho.
La puerta de caoba, ya debilitada, estalló en astillas hacia adentro.
Damián entró tropezando sobre los re