—No te muevas —susurré.
Mi voz fue apenas un hilo de aire, más suave que el roce de una pluma.
Mateo se congeló sobre mí. Sus ojos dorados estaban clavados en los míos, abiertos de par en par, reflejando el pánico puro.
Afuera, las pisadas crujieron de nuevo.
Crac. Crac. Crac.
Eran botas pesadas. Botas militares. Las botas de un Alfa en cacería.
Damián estaba a menos de veinte metros de la puerta.
Podía oír su respiración. Pesada. Furiosa. Olfateando el aire como un sabueso buscando un rastro d