El golpe en la puerta resonó de nuevo.
—¡Abre, maldita sea! —rugió Damián.
Miré a Mateo. El pánico empezaba a deformar su cara bonita. Si su hermano entraba y me veía, habría sangre. Mucha sangre.
Pero yo no quería una masacre. Todavía no.
Quería jugar.
—Sal —susurré, empujándolo del pecho—. Enfréntalo afuera.
Mateo parpadeó, confundido.
—¿Qué? Si salgo así... sabrá que estaba con alguien.
—Exacto —sonreí—. Que piense que estabas con una puta cualquiera. Que piense que tu "traición" es solo luj