Mateo entró en la cabaña justo después del amanecer.
Traía una bolsa con comida robada de las cocinas, pero lo más delicioso que traía era su sonrisa. Una sonrisa salvaje, casi cruel.
—Lo vieron —dijo, cerrando la puerta tras de sí y soltando la bolsa en la mesa—. Todo el maldito pack lo vio.
Yo estaba sentada en el borde de la cama, cepillándome el pelo con los dedos.
—Cuéntamelo todo —pedí, cruzando las piernas—. No te saltes ningún detalle.
Mateo se acercó, con los ojos brillando de emoción.