El aire del bosque estaba cargado. Olía a musgo, a tierra húmeda y, sobre todo, a la excitación nerviosa de Mateo.
Estaba de rodillas frente a mí. Respiraba con dificultad. Sus ojos dorados me miraban desde abajo, una mezcla deliciosa de deseo y miedo puro.
—Levántate —ordené.
Mi voz no sonó fuerte. No hacía falta. El poder de la Loba Encantadora vibraba en cada sílaba, golpeando sus instintos de Alfa y doblegándolos hasta convertirlos en plastilina.
Mateo tragó saliva. Se puso de pie, temblando ligeramente.
—Date la vuelta —dije, cruzándome de brazos—. Y bájate los pantalones. Ahora.
—Valeria... —empezó a protestar. Su voz era un susurro roto—. Si alguien nos ve... mi hermano...
—¿Te he dado permiso para hablar?
Di un paso hacia él. La energía roja de mi aura chisporroteó alrededor de mis dedos.
—No —susurró, bajando la cabeza.
—Entonces obedece.
Mateo no dudó más. Sus manos fueron a la hebilla de su cinturón. El sonido del cuero deslizándose fue lo único que se escuchó en el claro.