El aire del bosque estaba cargado. Olía a musgo, a tierra húmeda y, sobre todo, a la excitación nerviosa de Mateo.
Estaba de rodillas frente a mí. Respiraba con dificultad. Sus ojos dorados me miraban desde abajo, una mezcla deliciosa de deseo y miedo puro.
—Levántate —ordené.
Mi voz no sonó fuerte. No hacía falta. El poder de la Loba Encantadora vibraba en cada sílaba, golpeando sus instintos de Alfa y doblegándolos hasta convertirlos en plastilina.
Mateo tragó saliva. Se puso de pie, tembland