Sus labios sabían a sangre. A hierro y a rendición.
Mateo no me apartó. Al contrario, sus manos se aferraron a mi cintura como si yo fuera la única tabla de salvación en un naufragio.
Me separé un centímetro. Solo lo suficiente para mirarlo a los ojos. Estaban negros, dilatados, perdidos en la neblina de la lujuria que yo le había inyectado.
—¿Dónde está tu lealtad ahora, Mateo? —susurré, rozando mis labios contra los suyos.
—No sé... —jadeó, su aliento caliente golpeando mi cara—. No puedo pen