Sus labios sabían a sangre. A hierro y a rendición.
Mateo no me apartó. Al contrario, sus manos se aferraron a mi cintura como si yo fuera la única tabla de salvación en un naufragio.
Me separé un centímetro. Solo lo suficiente para mirarlo a los ojos. Estaban negros, dilatados, perdidos en la neblina de la lujuria que yo le había inyectado.
—¿Dónde está tu lealtad ahora, Mateo? —susurré, rozando mis labios contra los suyos.
—No sé... —jadeó, su aliento caliente golpeando mi cara—. No puedo pensar. Hueles demasiado bien.
—Huelo a lo que tu hermano tiró a la basura.
Bajé mi mano. Despacio. Dejé que mis dedos trazaran el camino desde su pecho, pasando por su abdomen tenso, hasta llegar al bulto duro en sus pantalones de chándal.
Mateo soltó un gemido roto, echando la cabeza hacia atrás contra la corteza del árbol.
—Diosa... Valeria...
—¿La quieres? —pregunté, presionando la palma de mi mano contra su erección a través de la tela. Estaba caliente. Palpitante.
—Sí... sí, por favor.
—Enton