El aire del bosque sagrado ya no olía a pino y magia antigua.
Olía a diésel. A metal caliente. A ozono quemado.
Me tambaleé en el balcón. El suelo parecía moverse bajo mis pies, como si la realidad fuera líquida.
—Me siento... ligera —murmuró Rafael, agarrándose la cabeza—. Como si no estuviera aquí del todo.
—Es el desajuste temporal —dijo Víctor, mirando sus manos, que parecían parpadear, volviéndose translúcidas por un segundo—. Hemos estado fuera de fase seis semanas. Nuestra masa corporal