Petra todavía vacilaba, con los hombros encogidos, como si temiera ocupar demasiado espacio en ese lugar desconocido. Pero había algo en su mirada que intentaba resistir a la inseguridad: un deseo mudo de pertenecer, de ser algo más de lo que la vida cruel le había permitido hasta ahora.
River la observaba en silencio. Su mirada ya no era tan dura como antes; seguía siendo firme, inamovible… pero había calor, aunque discreto.
—Lo entenderás con el tiempo —dijo, con la voz grave rompiendo la