El salón de la sede central de la manada era frío, amplio y solemne. Las antorchas en las paredes proyectaban sombras oscilantes sobre los rostros viejos y orgullosos de los ancianos, todos reunidos alrededor de la mesa de granito negro. El aire estaba tenso, espeso de expectativa de confrontación. Solomon permanecía frente a ellos como un animal a punto de saltar, con los ojos brillando de instinto alerta.
No tenía ningún miedo, ni un ápice de respeto en la mirada.
—Insolente —gruñó Berak, gol