El silencio de la habitación era absoluto, solo roto por el suave ronroneo del purificador de aire. Daisy yacía en el centro de la inmensa cama, con las sábanas de algodón egipcio pegadas al cuerpo. Habían pasado veinte minutos desde que había regresado de su incursión en el despacho de Arturo. Veinte minutos en los que su corazón no había dejado de martillear contra sus costillas como un pájaro enloquecido.
Poco a poco, el terror primario de ser descubierta comenzó a disiparse, dejando a su pa