La arrogancia, había concluido Daisy, era una debilidad mucho más predecible que la lujuria o la codicia. Arturo Vargas se creía un dios en su propio Olimpo de cristal y silicio. Había construido un imperio tecnológico, había comprado a los mejores hombres, había redactado contratos inquebrantables y había sometido a su esposa hasta convertirla en un adorno de carne y hueso. Se creía intocable. Y esa fe ciega en su propia invulnerabilidad iba a ser la ganzúa con la que Daisy abriría su jaula.
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