El tiempo en la mansión de La Moraleja había dejado de medirse en horas o días; se medía en rutinas y protocolos de seguridad. Habían pasado cuarenta y dos días desde la noche en la suite del Hotel Wellington, cuarenta y dos días desde que Daisy Vargas dejó de ser una persona para convertirse en el activo más celosamente vigilado de Arturo.
Eran las siete y media de la mañana de un martes. Daisy estaba sentada frente al inmenso tocador de su vestidor, cepillando su cabello con movimientos rítmi