La luz del atardecer se había vuelto dorada y melancólica, bañando la habitación con un resplandor anaranjado.
Estaba recostada sobre el pecho de Alan, mis piernas enredadas con las suyas bajo las sábanas blancas y revueltas. El sonido de su corazón latía rítmicamente bajo mi mejilla, y la brisa del océano que entraba por el ventanal abierto enfriaba agradablemente nuestra piel sudorosa.
Había sido el mejor momento de mi vida. Me sentía vaciada de cualquier inseguridad, llena de un amor tan abs