El silencio de la habitación solo se rompía por nuestras respiraciones agitadas.
Estaba recostada sobre la seda oscura, con el pecho subiendo y bajando rápidamente, mi cuerpo envuelto en una neblina de placer y agotamiento. Alan estaba a mi lado, apoyado sobre un codo, trazando la línea de mi clavícula con una suavidad que contrastaba brutalmente con la fiereza de hace unos minutos.
Me miraba con una adoración que me estrujaba el alma. Sus pupilas oscuras estaban dilatadas, llenas de una confia